Dejar espacio a lo nuevo




Está a punto de finalizar enero de 2017. Ya quedaron atrás los días de hacer balance del año anterior, y aún están frescos los propósitos para el nuevo año. Es justo ese momento de reafirmación en el que yo me encuentro. Vuelvo a escribir con mucha ilusión, con muchas novedades en las que he estado trabajando últimamente y con mucho aprendizaje personal realizado durante este paréntesis.

Podría calificar el año pasado como un periodo de “dejar ir”. Empecé a simplificar y ordenar las cosas materiales que me rodeaban y descubrí dos premisas: la primera, que ya tenía lo que necesitaba (aunque antes pensase lo contrario) y la segunda, que liberé espacio y tiempo para las cosas que realmente me importan, es más, el efecto se reprodujo en otros aspectos de mi vida.

Despejar y ordenar son cosas que deberíamos hacer, al menos, una vez al año. Es un tarea de limpieza pero a la vez es un trabajo espiritual que te acerca a ti mismo y te reconecta con tus aspiraciones.

¿Qué tiene esto que ver con la alimentación?

Mucho. No solo en el aspecto material de la cocina y la elaboración de platos, sino en cómo te relacionas con la comida.

Yo creo, que cuando hacemos el balance de nuestra vida a final de año, deberíamos incluir la alimentación: ¿Qué tal he comido este año? ¿He mantenido mis costumbres (tanto las buenas como las malas)? ¿He conseguido cambiar algún hábito? ¿He cumplido mis objetivos de salud? ¿He notado algún cambio en mi, al modificar mi forma de comer? ¿Qué cambios me quedan pendientes? Es importante sacar conclusiones, felicitarse por los logros y buscar nuevas rutas si queremos insistir en los objetivos que no hemos podido cumplir.

Pero si de este balance solo obtienes que has seguido exactamente igual, sin cambiar nada, quiere decir que te has anclado en tu zona de confort




La zona de confort es aquel estado/situación en que nos sentimos seguros, tenemos la sensación de que todo está bajo control, no sentimos miedo porque todo nos resulta familiar y no hay que hacer esfuerzos por mantenerlo. Probablemente nos haya costado conseguirla, pero una cosa es disfrutar de esa aparente comodidad y otra permanecer inmóvil sin objetivo de salida, porque quedaremos atrapados en una mezcla de conformismo, desidia y resignación.


Seguro que te has planteado muchas veces salir de este estado y has buscado fórmulas para abandonarlo. Salir de la zona de confort, inicialmente, representa un gran trabajo que necesita una alta motivación. Sin embargo, no tiene porqué ser así. Yo te propongo una alternativa, en lugar de intentar salir,  amplía tu zona de confort

¿Cómo se hace? 

Asumiendo pequeños o pequeñísimos retos a menudo. Esto te va llevando a la zona de aprendizaje sin que te sientas fuera de la zona de confort. Sin darte cuenta tu zona de aprendizaje te irá enriqueciendo a la vez que  tu zona de confort se amplia y se va llenando de emociones e ilusiones.

Pero para poder dar este paso tenemos que estar dispuestos a dejar ir. Es indispensable hacernos conscientes de que hay alimentos o formas de comer, que mantenemos por rutina o apego y  que ya no están de acuerdo con el estilo de vida que queremos potenciar. Así que si nos ponemos a  despejar y ordenar la despensa, debemos deshacernos de lo aquello que ya no forma parte de nuestra vida ni de nuestros próximos objetivos.  

"Dejar ir" significa, regalar (si se puede aprovechar) o eliminar (si ya no tiene valor) pero siempre con agradecimiento y respeto hacia aquello que fue útil un día pero ahora no encaja en nuestra vida. De esta manera, a la vez que creamos un nuevo espacio, abrimos la mente a la llegada de todo aquello que deseamos.


Mantenerse en la zona de confort, de costumbres insanas mantenidas y de alimentos repetitivos que no te aportan nada, se debe, fundamentalmente a la autojustificación: no tengo tiempo, no se cómo hacerlo, a mi familia no le gusta…, ahora no es el momento, la vida ya es muy complicada no la quiero complicar más, no se si merece la pena el esfuerzo, estoy esperando a que…ocurra. 

Esta actitud estática no te deja evolucionar ni te aporta soluciones. Te mantiene paralizado y por muchos deseos que tengas de empezar a comer bien, adelgazar, dejar malos hábitos, mejorar tu salud, sentirte mejor, etc. no encuentras nunca el momento de empezar.

El error está, desde mi punto de vista, en plantearse grandes objetivos sin diseñar pequeñas metas. Da mucha pereza hacer un esfuerzo por introducir cambios o iniciar una nueva rutina, lo se. Por eso me gusta tanto el Kaizen (mejora continua a través de pequeñas acciones).
Ante esos pequeños retos, de los que hablaba antes, estableceremos pequeñas acciones.  Tan pequeñas que no suponen un rechazo y tan poderosas que prolongan la motivación. Utilizar el Kaizen es la mejor forma de mantener el foco, incursionar en la zona de aprendizaje y progresar sin que se produzca el rechazo mental a realizar un esfuerzo.
Así que, levántate y haz solo una cosa, la que elijas, por ejemplo: limpia un estante de la nevera (o entera), haz una lista de lo que comiste la semana pasada, cambia de orden tus utensilios de cocina, elige una receta nueva o un alimento nuevo que quieras introducir en tu alimentación, pon la fruta en un lugar visible de tu cocina, retira todo lo que ya no uses, etc.

Mañana observa cómo te sientes con ese cambio, estoy segura de que es inspirador y te impulsará a pensar en el siguiente.





Diseña pequeñas acciones que te acerquen a tu objetivo principal. 
Libera espacio a tu alrededor y pon orden en lo que queda.

Es posible que te parezca que estos pequeños pasos no te hacen avanzar o que son carentes de sentido en si mismos, pero se, por experiencia, que los cambios apenas visibles son imprescindibles, casi diría que mágicos.

Feliz año para todos


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